Ser Ben Noaj: una identidad espiritual completa al servicio de Dios.
- Rabino Rótem Tómer

- hace 3 días
- 7 Min. de lectura

Desde mi llegada a Sudamérica en 1999, primero a Perú como parte de la misión del Rebe de Lubavitch, Rey Mesías, y desde 2004 como pionero junto a mi esposa en Ecuador, he recibido miles de solicitudes de conversión al judaísmo.
Muchas personas, al leer la Biblia, sienten una profunda admiración por el pueblo elegido. Es comprensible: la historia de Israel, su misión espiritual y su vínculo con Dios despiertan amor, respeto y deseo de cercanía.
Sin embargo, como rabino, la primera respuesta ante una solicitud de conversión debe ser de rechazo, conforme a la halajá. Esto no nace de desprecio ni de distancia, sino de una comprensión esencial: el judaísmo no es una religión proselitista. No busca convertir por fuerza, por presión, por emoción pasajera, ni mucho menos mediante procesos masivos, comerciales o superficiales.
La conversión al judaísmo no es un trámite
A lo largo de los años he visto personas comprometerse con facilidad a un estilo de vida que nunca han experimentado realmente, o que conocen solo de manera superficial. También he visto impostores espirituales que cambian de ideología como quien cambia de ropa, según el ánimo, la conveniencia o el entorno.
La conversión verdadera exige mucho más que simpatía por el judaísmo. Requiere aceptar los 613 mandamientos sin excepción, integrarse plenamente a la comunidad judía, pasar por la circuncisión y la inmersión ante un tribunal rabínico kosher, y asumir una ruptura profunda con la identidad familiar y cultural anterior cuando esta contradice el camino de la Torá.
Por eso, quien se convierte correctamente es llamado verdaderamente hijo de Abraham. Su origen étnico puede ser completamente distinto al que muchos imaginan como “judío”, porque el judaísmo no es racista. La transmisión por vía materna no conserva una estructura corporal ni un color de piel, sino una identidad espiritual y legal.
El compromiso con el modo de vida es la condición inicial. No sirven argumentos comparativos como: “yo practico más que tú”. La cuestión no es de competencia religiosa, sino de identidad existencial.
Para ser judío, hay que nacer de madre judía, y esa identidad no puede ser arrebatada, incluso si la persona la niega. También se puede llegar a ser judío mediante una conversión adecuada, pero esta debe incluir la aceptación plena de los mandamientos.
El modelo de Sinaí
Todo el pueblo judío se convirtió en el momento en que fue establecida la constitución divina en el Monte Sinaí. Allí estuvieron presentes todos los elementos esenciales: la circuncisión, la inmersión, el sacrificio cuando se construyó el Tabernáculo y, sobre todo, la aceptación de los mandamientos del Creador.
Esa aceptación no fue una simple decisión intelectual. Fue una experiencia directa de la presencia divina, tan intensa que no dejaba espacio para el rechazo.
Por eso, una conversión verdadera requiere un tribunal ortodoxo kosher, compuesto por rabinos temerosos de Dios, con experiencia, autoridad y reconocimiento por parte del Gran Rabinato de Israel y del mundo rabínico serio.
Muy distinto es el caso de tribunales improvisados o “piratas” que aparecen en distintos países ofreciendo cursos de conversión. Estos procesos engañan a las personas y dañan al pueblo judío. Entregan certificados sin una comprensión profunda del judaísmo, sin práctica real y muchas veces sin integración verdadera a la vida comunitaria judía.
Quien pretende adquirir en un curso intensivo lo que normalmente implica generaciones de educación, tradición y vida judía, termina fabricando una identidad artificial. Y esa identidad, tarde o temprano, genera desconfianza en su entorno, en la comunidad y hasta dentro de su propia familia.
Entonces, ¿cómo construir una verdadera identidad espiritual?
La primera respuesta es clara: no hay necesidad de convertirse al judaísmo.
Dios no espera eso de toda la humanidad, y no todas las personas están llamadas ni capacitadas para asumir esa forma de vida. La Torá no exige que todos sean judíos. Exige que cada ser humano descubra cuál es su lugar correcto en el servicio a Dios.
Sin renunciar a tu cultura ni a tu familia, sí debes separarte de la idolatría, tanto en lo ideológico como en lo práctico, y declararte hijo de Noé.
Esta es una salida real de los ciclos generacionales que han corrompido la conducta humana. Familia, cultura, nacionalismo, costumbres heredadas y cientos o miles de años de malos hábitos pueden arrastrar a una persona hacia la confusión espiritual.
Cuando una sociedad está sumida en corrupción, la independencia política no basta. Los recursos naturales tampoco bastan. La verdadera salvación comienza cuando la persona reconoce su lealtad al único Dios como su ancla y su camino.
Israel como luz para las naciones
El Cantar de los Cantares presenta una parábola de amor que describe al pueblo de Israel como una mujer fiel en medio de pruebas, tentaciones y sufrimientos. Esa fidelidad no es solo una historia nacional; es una misión espiritual.
El pueblo de Israel porta un mensaje para la humanidad. Debe ser “luz para las naciones”, no mediante imposición, sino mediante ejemplo personal y transmisión de la espiritualidad de la Torá a través de los Siete Mandamientos de los hijos de Noé.
Todas las religiones, de una u otra manera, han tomado elementos de la verdad absoluta de la Torá. Jesús era judío, pero adorarlo constituye idolatría según la Torá. Mahoma estudió con un escriba judío, y muchos principios de la Torá aparecen reflejados en el Corán. Incluso tradiciones antiguas, como la mitología griega, contienen ecos distorsionados de relatos originales de la Torá. Algunos nombres de ídolos o figuras de religiones orientales podrían vincularse con nombres de ángeles o cuerpos celestes en hebreo antiguo.
Pero esa no es la conexión que Dios desea. La pregunta clave no es qué fragmentos de verdad existen en cada sistema religioso, sino:
¿Qué quiere Dios de mí?
¿Qué adoración me exige Dios en el lugar, la cultura y el tiempo en que me creó?
Dios no depende de mí. Pero yo sí dependo de Él. Mi conexión con Él debe establecerse al elegir servir Su voluntad explícita.
Solo cuando dejo de ponerme en el centro y coloco la voluntad de Dios por encima de mis deseos, puedo someterme al destino que Él elige para mí en cada momento de conciencia. Ese es un verdadero salto de fe: reconocer que Dios desea mi bienestar incluso más que yo mismo y que quiere concedérmelo a través de Sus mandamientos y el estudio de Su Torá.
Este mensaje debe recibirse de la fuente más auténtica: el pueblo de Israel, que nunca perdió su vínculo eterno con su Dios.
Ser Ben Noaj no es una identidad incompleta
La identidad de un Ben Noaj no es inferior ni secundaria. Así como el judío, descendiente de Abraham, Isaac y Jacob, posee un camino, una identidad y un propósito, también el hijo de Noé tiene un pasado de valores, un presente de servicio y un futuro redentor.
El Ben Noaj descubre su misión en la vida diaria mediante el servicio a Dios.
En esencia, la humanidad está destinada a conectarse con Israel. El pueblo judío, como reino de sacerdotes y nación santa, recibió los 613 mandamientos junto con una gran responsabilidad y un privilegio especial: servir a Dios de una manera particular.
Por eso Israel fue exiliado y dispersado entre las setenta naciones del mundo. Su misión desde el Monte Sinaí incluye transmitir a sus vecinos, conocidos y a todos aquellos con quienes entra en contacto, las Siete Leyes Universales.
Estos mandamientos fueron dados a la humanidad desde Adán y reafirmados después del diluvio con Noé. Aunque fueron olvidados por gran parte del mundo, deben ser recordados nuevamente con conciencia, atención y fidelidad a la palabra divina.
Cuando el 7 de los hijos de Noé se conecta con el 613 de Israel, se alcanza el nivel de la corona: la voluntad de Dios, según la sabiduría de la gematría, el valor numérico de las letras hebreas.
La redención y el orden espiritual del mundo
La redención perfecta y eterna, mediante nuestro verdadero Mesías, llevará a toda la humanidad a orar al Creador del mundo en el Templo de Jerusalén, la Ciudad Santa.
Cuando cada persona conoce su función al servicio de Dios, no hay confusión.
El rey es rey. No todos pueden ser reyes, porque se trata de una monarquía que representa el reino de Dios en el mundo. Por eso el rey Mesías desciende de David y Salomón, y el rollo de la Torá no se aparta de su mano, como símbolo de su total entrega a Dios.
El Sanedrín, con sus setenta ancianos sabios, conocedores de las setenta lenguas y de las prácticas idólatras, recibirá autoridad para juzgar incluso en asuntos de máxima gravedad.
Los sacerdotes, hijos de Aarón, participarán en la obra del Templo con todo detalle. Los levitas cantarán, tocarán instrumentos y custodiarán su servicio. El pueblo de Israel llevará sus diezmos a la casa de Dios. Los hombres cumplirán sus deberes de tefilín, talit y esfuerzo intelectual diario en la Torá. Las mujeres asumirán con fuerza su rol natural en la educación y transmisión de los valores de la Torá.
Y los hijos de Noé serán fieles servidores de Dios, actuando en conjunto para cumplir Su voluntad en el mundo y purificarlo de la corrupción y la idolatría.
Una comunidad para llenar el mundo de luz
Esta visión divina comienza a hacerse realidad ante nuestros ojos. Todos debemos participar en el proceso de redención, cada uno desde su identidad, su responsabilidad y su lugar correcto ante Dios.
Con este propósito se creó la comunidad de los hijos de Noé: para ofrecer dirección, claridad, pertenencia y servicio espiritual.
No se trata de imitar al pueblo judío ni de fabricar una identidad que no corresponde. Se trata de descubrir el lugar que Dios asignó a cada persona dentro de Su plan.
Ser Ben Noaj es asumir una identidad espiritual completa, digna y necesaria. Es vivir con conciencia, separarse de la idolatría, servir al Creador y contribuir a que el mundo sea llenado de luz.


Comentarios